Cuando nuestro hijo nos dice «me aburro», puede significar «quiero estar contigo»
Publicado el 01-11-2026
Entrevista a Juan Bautista Fernández Álvarez-Robles, autor de Su Majestad no recoge el cuarto
Juan Bautista Fernández Álvarez-Robles es maestro, psicopedagogo y especialista en educación emocional y dificultades de aprendizaje. Con casi veinte años de experiencia en el ámbito educativo, ha desarrollado su trayectoria profesional entre aulas, despachos de orientación y reuniones con familias, acompañando a niños y adolescentes en algunas de las etapas más importantes —y también más complicadas— de su crecimiento. Acaba de publicar el libro Su Majestad no recoge el cuarto. En esta obra, Juan Bautista Fernández Álvarez-Robles analiza con cercanía, humor y sin filtros algunas de las contradicciones de la educación actual. A partir de situaciones reales, anécdotas reconocibles y experiencias vividas durante casi dos décadas en el ámbito educativo, invita a reflexionar sobre cómo estamos educando y hacia dónde nos pueden llevar ciertas tendencias que hoy damos por normales.
El título del libro dibuja una escena que muchas familias reconocerán. ¿Cuándo deja de ser una anécdota que un niño no recoja su cuarto y empieza a revelar un problema en la forma de educarlo?
Cuando deja de ser algo puntual y se convierte en el funcionamiento habitual de la casa. El niño o la niña no recoge y siempre hay alguien que recoge por él. No prepara sus cosas y alguien va corriendo a preparárselas. No acepta un no y acabamos cambiando de opinión todos los demás para que no se frustre.
Todos los niños se despistan, protestan y tienen días malos. Son niños, están creciendo y eso forma parte del aprendizaje. El problema aparece cuando los adultos renunciamos sistemáticamente a enseñarles lo que ya pueden hacer.
El cuarto es la escena que todos reconocemos, pero detrás hay una pregunta de mucha más profundidad: ¿estamos enseñando a nuestros hijos a hacerse responsables o estamos organizando un servicio permanente a su disposición?
En el libro hablas de los «Hijos Absolutos». ¿Qué significa este concepto y qué señales pueden ayudar a los padres a reconocer esa dinámica en casa?
Es un término que llevo desarrollando unos cuantos años. Son esos hijos alrededor de los cuales acaba girando toda la vida familiar: sus deseos, sus horarios, sus enfados, sus ritmos… Como aquellos reyes absolutos, como Luis XIV, en su trono y con todo el mundo a su servicio. Pero estos van con zapatillas y una tableta.
No quiero que sea una etiqueta para decir que los niños son malos, ni muchísimo menos. Es una forma de mirar la relación que estamos construyendo los adultos con ellos. Después de todos estos años veo señales bastante claras: el hijo no puede esperar, cada obligación hay que negociarla mil veces y los padres cambian decisiones razonables por miedo a que se enfade.
Nuestros hijos no nacen con corona. Muchas veces se la vamos colocando nosotros. Eso sí, con muchísimo cariño y, lo repito, sin darnos cuenta.
¿Qué te llevó a escribir este libro y qué te gustaría que cambiara en una familia después de leerlo?
El libro surge de mi trabajo durante casi veinte años con muchísimos alumnos, como profesor en el aula y en consulta educativa, atendiendo a cientos de familias. Surge de lo que veo en el colegio y en consulta, y también de ser padre de tres hijos.
Siempre he leído muchísimo sobre educación y, evidentemente, me dedico a esto. Hay grandes teorías y grandes expertos, pero echo de menos que a veces se cuente más lo que pasa cuando estás en el barro. Porque explicar cómo se educa es bastante más sencillo que hacerlo un martes, cansado, con tres niños y la cena pendiente.
He visto padres muy implicados, muy buenos, pero agotados y con muchísimo miedo a equivocarse. Quería escribir algo práctico, con humor y con esa ironía que a mí me encanta, que les ayudara a recuperar confianza. Me pasa también en clase: me gusta contar batallitas, reírnos y disfrutar, y con eso avanzar y trabajar muchísimo.
Me encantaría que después de leerlo una familia se atreviera a mantener un límite necesario y a dejar que su hijo o su hija hiciera algo que hasta entonces hacían por él o por ella. Puede parecer poca cosa, pero creo que ahí empieza el verdadero cambio.
Muchos padres quieren educar de una manera distinta a como los educaron a ellos. ¿Cómo podemos superar el autoritarismo sin caer en la permisividad?
Hemos avanzado muchísimo al escuchar a los niños, gracias a Dios, al respetarlos y al tener en cuenta lo que sienten. Eso es muy importante y hay que conservarlo. Ahora bien, escuchar a un hijo no significa que tenga que decidirlo todo. Podemos explicarle una norma, escuchar su desacuerdo y mantenerla: «Me parece muy bien que no te guste, pero la norma se mantiene, amigo».
No hace falta humillar ni asustar para ejercer la autoridad, pero tampoco celebrar una cumbre internacional cada vez que toca ducharse o lavarse los dientes. Los padres tenemos una responsabilidad que no podemos trasladarles. Somos quienes tomamos las decisiones pensando en su bien, también cuando esas decisiones no les gustan.
A veces sabemos que debemos decir «no», pero estamos cansados, tenemos prisa o queremos evitar una discusión. ¿Cómo se mantiene un límite en esas circunstancias?
Esto parece fácil, pero es complicado. Precisamente por esas circunstancias necesitamos normas muy claras y posibles de cumplir. Si cada tarde tenemos que inventarlo todo y discutirlo todo, eso agota psicológicamente a cualquiera.
Ayuda mucho haber decidido antes qué vamos a hacer: a qué hora se apaga la pantalla, qué responsabilidad corresponde a cada hijo y qué ocurre si no la cumple. En el momento del conflicto, una explicación breve suele servir muchísimo más que veinte minutos de sermón o de gritos.
También debemos revisar nuestras propias exigencias. Si hoy está enfermo o realmente desbordado, habrá que adaptarse. Mantener un criterio exige mirar un poquito la situación.
Pensemos en una situación concreta: le pedimos a nuestro hijo que recoja los juguetes y se niega. ¿Cómo aconsejas actuar, paso a paso?
Lo primero es acercarnos y asegurarnos de que nos escucha y nos ha entendido. Después, darle una indicación concreta: «Los coches van en esta caja», y meter uno para enseñárselo. Decir «recógelo todo» puede resultar enorme para un niño pequeño: se ve desbordado y no sabe por dónde empezar.
Si todavía no sabe hacerlo, le enseñamos y empezamos juntos. Si sabe y puede, le dejamos su parte. Ante la protesta podemos decir: «Ya sé que quieres seguir jugando, pero ahora toca recoger» o «Antes de sacar otro juego, guardamos este».
Sostenemos una secuencia muy sencilla: guardamos una cosa antes de sacar otra. Si se desborda, hacemos una pausa para ayudarle a calmarse y después retomamos. Lo importante es que aprenda, con una exigencia ajustada a su capacidad, que puede hacerse cargo de recoger.
¿Cómo podemos acompañar una rabieta sin ceder en el límite que la ha provocado?
Podemos tratar de comprender lo que siente y mantener la decisión. Yo insisto mucho en esto: «Entiendo que te enfades porque querías seguir, pero hoy ya hemos terminado».
Durante el momento de mayor enfado necesita calma y seguridad. Difícilmente va a escucharte si te pones a hablar como si estuvieras dando una conferencia sobre normas de convivencia. Tampoco hay que exagerar. Estamos disponibles, evitamos que se haga daño o se lo haga a otros y hablamos cuando pueda escucharnos.
El contacto dependerá de lo que necesite: algunos quieren un abrazo y otros un poco de espacio. Hay niños para todo. No tenemos que apagar cualquier llanto concediendo lo que pide. Así no resolvemos el problema, lo vamos trasladando. Es como pensar que mandar a un adolescente a estudiar fuera va a solucionar por sí solo un conflicto familiar: a lo mejor hemos cambiado el problema de país y nosotros tenemos un año de paz, pero sigue pendiente.
Podemos estar a su lado mientras aprende a soportar una decepción. Eso es importantísimo en educación.
A ningún padre le gusta ver sufrir a su hijo. ¿Cómo distinguimos entre ayudarlo cuando lo necesita y resolverle dificultades que podría afrontar por sí mismo?
Yo me haría una pregunta: «¿Qué parte de esto puede hacer él con los recursos que tiene ahora?». Si no sabe, le enseñamos. Si necesita apoyo, se lo damos. Y cuando ya puede, vamos retirando nuestra intervención.
A veces ayudamos demasiado porque tenemos prisa. Vestirlo nosotros lleva dos minutos y dejar que lo haga él lleva quince. Pues a lo mejor hay que levantarse un poquito antes, porque esos minutos son muy importantes para su educación.
Hay que conocer a cada hijo, sus dificultades reales y sus ritmos. La autonomía crece cuando encuentra retos que puede afrontar, con la ayuda que necesita y oportunidades para practicar. Si no le dejamos practicar, es imposible.
¿Qué responsabilidades pueden asumir los niños según su edad y cómo podemos introducirlas sin convertir cada tarea en una pelea?
Más que una lista o una tabla rígida, miraría su edad, su capacidad y lo que ya le hemos enseñado. Un pequeño puede guardar algunos juguetes con ayuda o llevar su ropa al cesto de la ropa sucia. En los primeros cursos de Primaria puede ir asumiendo vestirse, preparar la mochila con una lista y colaborar en la mesa. Un adolescente puede organizar su material, participar en la limpieza y preparar comidas sencillas.
Para introducirlo, elegimos una tarea concreta, enseñamos cómo se hace —esto es muy importante— y la incorporamos a una rutina. Al principio necesitará recordatorios. Y debemos aceptar que lo hará más despacio y menos perfecto que nosotros, porque está aprendiendo.
Cuando un niño no cumple una norma, ¿qué diferencia hay entre imponer un castigo y aplicar una consecuencia educativa? ¿Puedes poner un ejemplo cotidiano?
Esta pregunta me encanta y me la han hecho muchas veces. La diferencia está en lo que pretendemos enseñar y en cómo actuamos. Una consecuencia educativa debe ser proporcionada, comprensible y estar relacionada con lo ocurrido.
Si derrama algo por jugar con el vaso después de haberle avisado, participa en limpiarlo según su capacidad. Evidentemente, no se lo vamos a pedir a un bebé de tres meses. Si estropea algo de otra persona, buscamos cómo repararlo. Así entiende que sus actos afectan a los demás, trabaja la empatía y aprende que puede hacerse responsable.
Quitarle el cumpleaños por haber derramado el agua difícilmente le va a enseñar esa relación. Y llamar «consecuencia» a algo no lo convierte automáticamente en educativo. También es importante revisar si es justo.
¿Conviene premiar a los hijos por colaborar en casa o por cumplir sus obligaciones? ¿Cómo se fomenta la motivación sin tener que negociar una recompensa por todo?
Conviene reconocer el esfuerzo y agradecer la colaboración. Decir «Gracias por poner la mesa, nos has ayudado mucho» tiene mucho valor. Otra cosa es que cada obligación tenga un precio, una tarifa. Si recoger sus zapatos cuesta dos euros, al final vamos a necesitar un departamento de contabilidad para salir de casa. ¡Menudos pequeños empresarios estamos criando!
Colaboramos porque vivimos juntos y todos tenemos una parte de responsabilidad. Puede haber incentivos puntuales para aprender un hábito, y está bien. Puntuales, no siempre. Además, debemos pensar cómo retirarlos. Queremos que descubra que es capaz, que su aportación sirve y que los demás cuentan con él.
¿Qué papel tiene el aburrimiento en la infancia? ¿Qué podemos responder cuando escuchamos una y otra vez «me aburro»?
Una de las tareas que a veces pongo a mis alumnos de once o doce años es media hora de aburrimiento en casa: sentarse en una silla en su cuarto y dedicarse a pensar. Defiendo tanto esos ratos que a veces digo, exagerando y con humor, que media hora de aburrimiento hace más por su cerebro que cincuenta y cinco problemas de matemáticas. Evidentemente, no es una comparación científica.
El aburrimiento puede darles espacio para buscar qué hacer, inventar o descubrir algo que les interese. Estar aburrido no significa que la cabeza se haya apagado: uno empieza a buscar cómo dejar de estarlo. Eso no garantiza una idea maravillosa; también se les ocurren unas ideas tremendas. Pero no tenemos que resolverlo de inmediato con una pantalla o una actividad organizada por nosotros.
Una buena pregunta es: «¿A ti qué se te ocurre?». Podemos ofrecer un par de posibilidades o darles un empujoncito para empezar. Después hay que dejarles margen. A veces «me aburro» también significa «quiero estar contigo», y merece la pena escucharlo.
Lo que no podemos es convertirnos en una comisión de festejos disponible cada vez que tienen cinco minutos libres. Siempre defenderé la importancia de que tengan ratos sin todo organizado, con espacio para pensar y buscar sus propias iniciativas.
Las pantallas son una fuente habitual de conflicto. ¿Cómo podemos establecer acuerdos sobre su uso y sostenerlos cuando llega el momento de apagarlas?
Las reglas conviene hablarlas antes de encender la pantalla: para qué se va a usar, durante cuánto tiempo y cuándo termina. Escuchamos sus propuestas, pero la responsabilidad de decidir corresponde a los adultos.
Ayudan mucho las rutinas, los avisos y buscar un punto de cierre razonable, evitando empezar algo que sabemos que no podrá terminar. Si está jugando, por ejemplo, a un videojuego de fútbol, a veces resulta más práctico acordar un número de partidos en lugar de unos minutos, siempre dentro del tiempo disponible.
Cuando llega el momento, hay que sostener lo acordado, aunque proteste. Si cada vez que protesta obtiene cinco minutos más, el acuerdo acaba perdiendo valor. Y tenemos que revisar nuestro ejemplo: pedirles que suelten el móvil mientras nosotros seguimos mirando el nuestro debilita mucho el mensaje.
También necesitan alternativas y tiempo compartido, no solo prohibiciones. La tecnología está ahí y tenemos que enseñarles a usarla. Yo desaconsejo las pantallas en las habitaciones de los menores: prefiero las tabletas y las videoconsolas en espacios comunes, donde podamos ver qué se está haciendo y también compartirlo. Encerrarse a jugar sin ninguna supervisión me preocupa mucho más.
¿Qué pueden hacer los padres cuando tienen criterios educativos distintos y el niño busca el permiso de uno después de recibir un «no» del otro?
Que los padres discrepen es lo más normal del mundo. No necesitamos pensar igual en todo, pero sí acordar unas bases. Si uno ya ha respondido, el otro puede decir: «Voy a hablarlo con mamá o con papá y después te contestamos». Así evitamos que nuestro hijo vaya buscando la respuesta que más le conviene.
Lo que debemos evitar es quitarnos la responsabilidad con un «pregúntaselo a tu padre» o «lo que diga tu madre». Las diferencias se hablan entre adultos, con respeto. Y una decisión puede revisarse: si nos hemos equivocado, se lo explicamos juntos. Tener autoridad también implica corregirnos.
Lo que desgasta es que los permisos dependan de a quién se lo pregunte o de quién esté más cansado. Como nuestro hijo descubra eso, nos tiene cogida la medida.
La relación entre familia y escuela también forma parte de la crianza. ¿Cómo podemos apoyar a nuestros hijos ante un conflicto escolar sin desautorizar al docente ni dar por hecho que el niño está equivocado?
Primero, escuchándolo con atención, averiguando qué ha ocurrido e intentando dejar a un lado nuestras propias inseguridades. Podemos decirle: «Quiero entenderte y ayudarte. Venga, cuéntame».
Después hablamos con el profesor, evitando juicios de valor y conclusiones anticipadas: «Mi hijo nunca hace eso». Vamos a escuchar y a contrastar la información. Los niños, como los adultos, pueden vivir algo con muchísima intensidad y contar lo ocurrido desde su punto de vista. Eso merece atención, pero también necesitamos conocer el contexto y escuchar a las otras personas implicadas.
A veces recibimos una llamada del colegio y nos sale nuestro bufete de abogados interior entero, en tropel, antes de conocer los hechos. Querer a nuestro hijo no nos obliga a darle la razón siempre. Si se ha equivocado, lo ayudamos a reconocerlo y repararlo. Si ha recibido un trato injusto, intervenimos para protegerlo.
Y, por supuesto, si hay indicios de acoso o de violencia, hay que actuar inmediatamente, hacérselo saber al colegio y ponerse a trabajar juntos.
¿Cómo podemos reparar la relación cuando perdemos los nervios y gritamos? ¿Pedir perdón a un hijo debilita nuestra autoridad?
Pedir perdón de forma sincera enseña muchísima responsabilidad. Cualquier padre que lea esto sabe que alguna vez pierde la paciencia, pega cuatro gritos y, en ese momento, hasta se queda más a gusto que un arbusto. Pero después toca reconocer que ha perdido las formas.
Yo lo he hecho con mis hijos varias veces: «Oye, perdona, te he gritado y no lo he hecho bien. Lo siento. La próxima vez voy a intentar controlarme y parar antes de hablarte así». Sin añadir «pero tú me has obligado», porque entonces le estamos haciendo responsable de nuestro comportamiento.
Podemos pedir perdón por las formas y mantener el contenido de una corrección que era necesaria. Después hay que intentar cambiar y reparar lo que corresponda. Seguimos teniendo que recoger, aunque yo haya hecho mal al gritar. Nuestros hijos necesitan ver que también nosotros reconocemos los errores y trabajamos para corregirlos.
Para los padres que sienten que llevan tiempo cediendo demasiado, ¿por dónde aconsejas empezar? ¿Es posible cambiar las normas sin que el niño lo viva como algo arbitrario?
Si eres padre y llevas tiempo cediendo, no te preocupes: se puede empezar, pero poco a poco. Elige una situación concreta y no intentes transformar toda la casa de golpe. Esto no se cambia de un día para otro.
Lo primero es que los adultos se pongan de acuerdo y expliquen el cambio en un momento tranquilo: «Hasta ahora te hemos preparado siempre la mochila. Vamos a enseñarte a prepararla. Al principio la revisaremos contigo y después irás haciéndolo tú solo».
Conviene reconocer nuestra parte, dejar claro qué esperamos y darle tiempo para aprender. Por eso estaremos unos días apoyándolo y retirando la ayuda conforme pueda hacerlo. Que proteste es comprensible: estamos bajándolo del trono y nadie quiere bajar del trono. Pregúntale a cualquier político de España si está dispuesto a dejar su sillón. Pues un niño, parecido.
Está cambiando algo a lo que se había acostumbrado. Necesitamos muchísima constancia y expectativas realistas: no pretendas que tu hijo se convierta al día siguiente en el Dalái Lama. No le estamos pasando factura por lo anterior; le estamos enseñando una responsabilidad a partir de hoy.
Si tuvieras que proponer tres cambios pequeños y realistas para poner en práctica esta misma semana, ¿cuáles elegirías?
El primero sería elegir una cosa que sabemos que nuestro hijo puede hacer y que todavía hacemos por él: vestirse, recoger, lavarse los dientes o preparar sus materiales. Nos planteamos enseñársela y dejarle hacer su parte, con el apoyo o la supervisión que necesite.
El segundo, acordar entre los adultos un límite concreto, explicarlo con calma y cumplirlo sin amenazas que después no vamos a sostener. No digas «tres meses sin tableta» si sabes que no vas a cumplirlo. Es mejor una medida breve y proporcionada que una amenaza enorme que se queda en nada.
Y el tercero, compartir cada día un rato con él sin pantallas y sin estar corrigiéndolo: hablar, jugar, cocinar o dar un paseo. La relación con nuestros hijos también necesita disfrute. Irte a cenar con tu hijo, escucharlo y reírte con él es importantísimo.
Podríamos empezar por ahí. Así podremos quitarles la corona sin quitarles ni una pizca de cariño.
Imágenes
Documentos para descargar
Te puede interesar
La magia del esfuerzo: el verdadero secreto para tener éxito y felicidad
Recuperar el valor del esfuerzo no es volver al pasado, sino redescubrir la fuerza interior que nos permite…
07-11-2025
Tres millones de personas con enfermedades raras, al descubierto
El Hospital Universitario Reina Sofía acoge hasta el 12 de octubre la exposición 'Desenmascara Las Raras',…
01-10-2026
El Hospital San Juan de Dios pone en marcha un programa de formación y apoyo emocional para cuidadores
La iniciativa ‘Cuidar cuidando’ busca acompañar a los familiares de personas con enfermedad avanzada en la…
10-02-2026
El Reina Sofía inaugura el parque infantil 'Caminando con Dani'
El nuevo espacio lúdico, situado junto a Urgencias Pediátricas, busca mejorar la experiencia de los niños y…
10-06-2026
